En la, para nada tranquila y común, comunidad de “Villa Mystique” las personas ya se encontraban habituadas a las extrañas cosas que a diario sucedían y a que todo cambiara constantemente como por arte de magia. Estaban todos tan familiarizados a lo cambiante y a que las rutinas no existieran que, en esta extraña comunidad, la persona más extraña entre ellos era la única con una rutina; más que una rutina, era su vida.
El Señor Oromised Elda Vanhoock, un anciano solitario al que nadie se acercaba, gustaba de pasar sus días sentado siempre en el pórtico, viendo como el mundo a su alrededor cambiaba constantemente, día tras día, sin su intervención más allá de su rol como espectador. Nadie, nunca, lo vio sentarse o pararse de su silla mecedora; siempre ahí sentado, sin moverse y sin hablar con nadie.
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